viernes, 30 de abril de 2010

El amor, el sexo y otros milagros.

Hay mujeres (y hombres) que hacen girar su vida alrededor de un trozo de carne que es en realidad una esponja con el curioso poder de absorber la propia sangre y la del otro para provocar casi siempre placer, y algunas veces, auténtica obsesión. Es entonces cuando se cierra el círculo perfecto que conecta el placer con el dolor, hasta el punto de que ya no sabemos si sufrimos (y aquí me delato) por injusticia o por vicio.

He conocido a muchas personas que han convertido esto en una frivolidad, y otras que, al contrario, han convertido en frivolidad cualquier cosa que no sea esa obsesión, disfrazada de múltiples maneras. No me siento capacitado para juzgar esta actitud, pero de la misma forma soy libre para elegir las posiciones que me hacen sentir más cómodo, sólo faltaría. En el fondo, muy en el fondo, las inquietudes son las mismas, y todos y todas buscamos lo mismo, cada uno en un un sitio distinto.

Desde que nacemos, somos seres incompletos, huérfanos de algo que va tomando forma con los años, pero que no deja de ser el materialismo de una idea compartida, la esencia que nos falta, la justificación de nuestra vida, el sentido de la existencia, la respuesta a la pregunta que nos hacemos cada día sin saberlo, y que algunos buscamos en la barra de un bar de la misma forma que un fraile franciscano se agarra a un crucifijo.

Lo cierto es que esas preguntas nunca han tenido respuesta ni la van a tener, y sólo nos consuela sentir que no estamos solos en esto, y que sólo podemos gozar y sufrir a partes iguales.

Y al octavo día, Dios creó el amor, el sexo, y todas sus consecuencias.

jueves, 22 de abril de 2010

Siete frases injustas.

Regálame otro libro y otra flor.

Regálame una sonrisa de treinta y dos dientes perfectos.

Échame una mano al corazón, y calienta este músculo frío y cobarde.

Dame miradas que sólo yo entienda, riega los posos de aquel sentimiento. Y haz que sienta.

Si tiemblo, abrázame hasta que ya no pueda moverme. Y si no respiro, dame tu aliento.

No me dejes volver a tropezar, no me pidas que no tropiece otra vez.

Háblame para que pueda parar de escucharme, cuentame cómo te ha ido, lo que has aprendido, lo que has vivido. A cambio, yo me quedaré contigo a mi manera, como siempre lo he hecho, como siempre quise que fuera, que por que nunca me sobres, prefiero echarte de menos.

sábado, 17 de abril de 2010

Oxígeno, nitrógeno y argón.

La estación está en curva. Tengan cuidado de no introducir el pie entre coche y andén. Planta 10. Se abren las puertas. Se cierran las puertas. Las primeras frases de cada día de mi vida. Y cada día me invento las fuerzas para poder escucharlas de nuevo al día siguiente, y encima, toco madera.

Agoto mi paciencia con personas que no he elegido. De vez en cuando me doy un respiro y me fumo un cigarro pensando que todos los taxis de Madrid son Skoda Ottavia, que esas botas ya no se llevan, que ese tío que pasa no está tan mal, y que ya me conformo con cualquier cosa.

Es hora de volver a casa. Me quito los zapatos y enciendo la tele. Y de repente todo el mundo tiene una vida superinteresante, se enamoran en los hospitales, toman decisiones trascendentales cada media hora, y mientras, yo pongo la lavadora.

En la cama, justo antes de dormir, siempre en el lado de la puerta, se cruzan mil pensamientos que, de tan cansinos, me dan hasta sueño. Sueño con serpientes, con viajes que nunca he hecho, con besos que nunca he dado. Y ocho horas después, la misma voz vuelve a repetir que la estación está en curva, y que no meta el pie entre coche y andén, por lo que pueda pasar.